sábado 25 de octubre de 2008
miércoles 8 de octubre de 2008
lunes 29 de septiembre de 2008
La llamada telefónica
En horas de la madrugada sonó el teléfono de aquel rico señor. Era el velador de su casa de campo. Dice el hombre: “Le llamo para avisarle que el perico se murió”…
Se enoja el señor: “Cabrísimo grandón -le reclama- , ¿y para eso me despiertas a las 3 de la mañana. En fin, dime: ¿de qué murió el perico?”. Responde el que llamaba: “Comió carne en mal estado”. “¿Por qué comió esa carne?” -quiere saber el señor. Explica el individuo: “Es que fue al lugar donde estaba muerto su caballo pura sangre, señor; aquel que le costó medio millón de dólares. El pobre animal murió de cansancio. “¡Santo cielo! -exclama el hombre aún más enojado- ¿Pero a quién se le ocurrió poner a trabajar al animal?” “Es que lo pusimos a acarrear agua desde el río para apagar el incendio. -Se disculpa el hombre. “¿Qué incendio? - pregunta ya alarmado el señor. “El de su casa”. “¿El de mi casa? ¿Y cómo es que se quemó mi casa? -quiere saber el señor. “Fue por una vela”. “¿Por una vela? ¿Qué vela? -se desespera el señor. Replica el guardia: “Una de las que estaban en el ataúd de su mamá. La señora murió de repente, y la estábamos velando. La vela cayó sobre la alfombra y ardió todo”. “¡Oh, Dios mío! -estalla en grandes y dolorosos sollozos el señor -. ¡Qué pena tan grande! ¡Qué dolor! ¡Qué sufrimiento!”. “¡Uh, señor -reprocha el individuo-. De haber sabido que haría usted tanto escándalo, no le habría hablado para avisarle que se murió el perico!”.
sábado 20 de septiembre de 2008
Una amiga a la otra: -¡Felicítame, me caso con tu ex!
La amiga: - Sí lo creo. Cuando terminamos me dijo: ¡Si me dejas soy capaz de hacer una pendejada!
La esposa queriendo saber qué tanto la quiere su marido, le pregunta: -Si nos atacara a mí y a mi madre un león, ¿a quién salvarías primero? – Al león.
El señor llegó a su casa y le dijo algo a su esposa. Ella, agradablemente sorprendida, corrió a la alcoba y se puso un sensual negligé que hacia mucho tiempo no vestía. Luego se reclinó en la cama con actitud lasciva. Entra el señor a la recamara, la ve así tendida, voluptuosa, y le pregunta con asombro, -“¿Qué haces?”. Responde ella, -“Lo que me dijiste”. –“¿Qué te dije” –vuelve a preguntar él, sin entender. Contesta la mujer: “Me dijiste, como en los viejos tiempos: “prepárate”.” –“¡No!- replica el hombre -, Te dije: prepara té”.
La señora llegó a su casa y encontró a su marido haciendo el amor en la recámara con una joven mujer. “¡Canalla, infame, desvergonzado! -se escucharon los gritos de la esposa -. ¿Así te atreves a manchar mi honor, infame? ¡Haz salir de mi cama a esa mujer y luego a la calle, ve con ella, pues de la calle la trajiste a mancillar mi cama y mi honor! Aprovechando una pausa, le dice el individuo: “No te formes una mala impresión de lo que has visto, mujer. Permíteme explicarte lo que sucedió. Venía yo a la casa en el automóvil cuando en una esquina, miré a esta pobre muchacha. La vi tan desolada que me detuve para preguntarle si le pasaba algo. Ella me dijo que tenía tres días sin comer. Sentí compasión de ella; la traje a la casa y le ofrecí esas enchiladas que había comprado para ti, y que desdeñaste porque –dijiste - estás a dieta. La vi tan pobremente vestida que le ofrecí esa falda que no te gusta usar porque –dices - te hace ver más gorda, y esa blusa que te compré en tu cumpleaños, y que tampoco te gusta usar porque –dices - no sé nada de ropa de mujer. Luego le di el suéter que mi hermana te dio en la Navidad y que no te gusta usar porque –dices - mi hermana te cae mal. Luego le regalé esas botas que te compraste y que no te gusta usar porque –dices - una compañera de trabajo tiene unas iguales. La muchacha me agradeció todo eso, emocionada, y se encaminó hacia la puerta para irse, pero en eso se volvió hacia mí y me preguntó: “Señor, ¿no tiene usted alguna otra cosa que a su señora no le guste usar?”
La escultural muchacha le pidió al dependiente de la zapatería que le ayudara a escoger unos zapatos discretos y de tacón muy bajo. “¿Con qué los va a combinar?” –pregunta el de la tienda. Responde la muchacha: “Con un viejo rico y chaparro”.
El borrachito se acerca trastabillando al policía que estaba en su patrulla y le pregunta con tartajosa voz: “Perdone usted, señor oficial. Con el mayor respeto, sin ofender: ¿ha visto usted alguna vez a alguien que haga pipí de colores?”. “Jamás he visto eso” -responde el policía con extrañeza. “Pues yo hago así –dice muy orgulloso el borrachín -. Hago de color rosa, azul, verde, morado, plateado, escarlata y carmesí”. “Eso apenas viéndolo” -duda el oficial. “Se lo demuestro –lo desafía el ebrio -. Van 500 pesos a que hago pipí de todos colores”. “Van” –acepta confiado el policía. Muy serio, con mucho decoro y gravedad, solemne pues, el borrachito procede a liquidar el motivo de la apuesta sobre una de las puertas de la patrulla. El policía, que había bajado de ella, observa muy de cerca, con reconcentrada atención la caudalosa micción. “¡Perdiste! –le dice con grandes carcajadas al borrachín -. ¡Es amarilla como todas”. “Tiene usted razón, señor oficial. –concede el borrachito -. Perdí. Aquí están sus 500 pesos”. “Oye –le dice el policía muy intrigado, embolsándose el dinero -. ¿Por qué hiciste semejante apuesta si sabías que ibas a perder?”. “¿Ve usted aquellos tontos que están allá?
-responde el borrachín señalándole a unos tipos -. Les aposté 5 mil pesos a que le meaba la patrulla en su cara, y que además usted se pondría muy contento”
Se casó la hermana mayor del pequeñito de casa, que dicho sea de paso era muy pícaro. “mami –le pregunta el precoz niño a su mamá-, ¿qué le va a pasar a mi hermana hoy en la noche?”. La señora, creyendo que la pregunta era una de las insolencias de su travieso retoño, le propinó unas fuertes nalgadas y le dijo con enojo: “¡Esto le va a pasar a tu hermana hoy en la noche!”. Ya en el banquete de bodas, el niño va a la mesa donde estaba la muchacha junto con el novio y los invitados principales y le dice muy serio: “Hermanita: si sabes lo que te conviene, hoy en la noche cuídate las pompis”.
Platican dos señoras. Una de ellas le pregunta a la otra: “Cuando tú y tu marido tienen sexo, entre una vez y la siguiente, ¿él se fuma un cigarro?”. “En realidad se fuma más. Yo calculo que se fuma unas 100 cajetillas”.
En un vagón cualquiera, en la hora pico, cuando la gente va como sardinas en lata, una guapa chica le dice muy molesta a un individuo que se hace el disimulado: “¿Podría moverse tantito? Tiene usted algo duro en el pantalón que me está apretando el muslo.” “¡Oh, lo siento, –dice le tipo -, es que llevo el sobre con mi quincena!”.
“Pues debe de ser usted muy bueno en su trabajo, porque en los últimos cinco minutos ¡le han aumentado el sueldo tres veces!
“Oye, ¿tu mujer tiene sexo contigo por amor o por interés?” “Pues yo creo que es por amor”. “¿Y cómo lo sabes?” “Pues porque interés, interés, no demuestra ninguno”.
La muchacha subió al autobús en el que haría un largo viaje y se dio cuenta de que ya no había asiento para ella. Se resignaba ya con tristeza a hacer de pie el recorrido cuando un ancianito se levantó y caballerosamente le dijo: “Señorita, permítame usted cederle mi asiento”. Con un suspiro de alivio la muchacha ocupó el lugar del señor, e hizo cómodamente el viaje. Cuando el autobús llegó a su destino le dice la muchacha al viejito: “No tengo con qué pagarle lo que usted hizo por mí, señor”. Responde él: “Tú si tienes con qué pagarme, linda. El que no tiene con qué cobrarte soy yo”.
El brujo estaba trajinando con sus calaveras, sus peroles humeantes, su lechuza y sus yerbas cuando un feo sapo se detuvo en la puerta. “Es el lechero –le dice el brujo con tono de rencor a su mujer -. A pesar de mi venganza insiste todavía en visitarte.
La pareja de recién casados iba a salir el día siguiente a su viaje de luna de miel. Pasaron, pues, la noche en un hotel de la ciudad. Él vistió su elegante pijama y ella su vaporoso negligé. Después de apagar la luz, con lo que se hizo una romántica penumbra, se metieron a la cama. Se vuelve él hacia ella y la toma delicadamente entre sus brazos. Ella se deja atraer. Pero en ese momento se oye un rechinido. Exclama la muchacha con disgusto: “¡Caramba! ¡No hay una sola cama que no rechine en todo este hotel!
La anciana madre con aspecto de Sara García estaba tejiendo un chalecito cuando alguien llamó a la puerta. Fue a abrir y vio ahí a su hija, una muchacha espectacular, pintada como coche, con zapatos de cintas al tobillo, tacón dorado, medias de malla, falda cortísima, gran escote y bolsa de chaquira. La viejecita se sorprendió, pues hacía ya mucho tiempo que no veía a la muchacha. “¿Qué sucede, mamá? –sonríe ella -, ¿Soy o me parezco?”. “Ay, hijita –responde la señora consternada -. Pues si no eres, ¡vaya que pareces!”.
Un ovni apareció en plena ciudad. De él bajó un marciano y dirigiéndose a un señor que regaba su jardín le ordenó en tono perentorio: “Llévame con tu jefe”. “Imposible –responde el señor -. Está de vacaciones con los niños”.
El señor y la señora se iban a divorciar. Dividieron por mitad todos los bienes que tenían, pero se encontraron con el problema de que los hijos eran tres, y éstos no los podían repartir entre los dos. “Hagamos una cosa, -propone la señora -. Vivamos juntos un año más, hasta que tengamos otro hijo y entonces nos repartimos dos y dos”. Pregunta el señor, dudoso; “¿Y si tenemos gemelos?”. “¡Ay, sí, gemelos! –se burla la señora -. “¡Si me hubiera fiado nada más de ti, ni siquiera tendríamos estos tres”.
La muchacha llamó por teléfono a su mamá. Su llamada era de larga distancia. “Mami –le dice -, te hablo para decirte que me acabo de casar”. “¡Qué bueno, hija!” –responde la señora-. “Dentro de una semana tendré a mi bebé”. “Está bien” -contesta la mamá. “Mi marido es asaltante de bancos”, -informa la muchacha. “Bueno” –dice la señora. “Pero ahora lo están persiguiendo -sigue diciendo la muchacha -. No sabemos dónde ir a vivir”. Ofrece la señora: “Vénganse a la casa. Pueden ocupar nuestra recámara. Tu papá dormirá en el sofá de la sala”. Pregunta la muchacha: “¿Y Tú?”. Responde la señora: “Por mí no te preocupes. Nomás colgando el teléfono voy a caer muerta”.
Después de una acalorada discusión con su marido, la esposa le anunció que lo dejaría para siempre. Hizo sus maletas y llamó un taxi. Cuando el taxista llegó e hizo sonar el claxon, el señor le dice a su mujer: “Por favor, Gorgonia; no puedo dejar que te vayas así. Permíteme al menos que te suba las maletas al taxi”.
El tipo aquel llega a la maternidad y le pregunta a la enfermera: “Perdone señorita, ¿ya se alivió la señora Branciforte?”. “Sí, -responde la muchacha -. Tuvo un varoncito precioso”. “¿Puedo verlo?” –solicita el tipo. Inquiere a su vez la enfermera: “¿Es usted el señor Branciforte?”. “No” –contesta el individuo -. “Entonces lo siento –dice la muchacha -. Solamente el esposo de la señora puede ver al niño”. “¡Ah! –se indigna el tipo -. ¿Eso quiere decir que el marido sí puede ver a la criatura, pero el papá no?”.
Lumber y Jack trabajaban en un aserradero. Sucedió una desgracia: Lumber se cortó un brazo con la sierra. Jack tomó el brazo, lo metió en una bolsa de plástico y llevó a Lumber al hospital. El cirujano le dice a Jack: “Puedo volverle a implantar el brazo a su amigo. Regrese usted en una hora”. Regresó Jack en una hora y encontró a Lumber como si nada hubiera sucedido, jugando a las cartas con las enfermeras. Pocos días después una nueva desgracia: Lumber se cortó una pierna con la sierra. Jack tomó la pierna, la metió en una bolsa de plástico y llevó a Lumber al hospital. Le dice el cirujano a Jack: “Puedo volver a implantarle la pierna a su amigo. Regrese usted en dos horas”. A las dos horas volvió Jack. Encontró a su amigo en el jardín jugando futbol con los enfermeros. Días después sucedió otra desgracia, y mayor; Lumber se cortó la cabeza con la sierra. Jack tomó la cabeza, la metió en una bolsa de plástico y llevó a Lumber al hospital. El cirujano le dice a Jack: “Puedo volver a implantarle la cabeza a su amigo. Regrese usted en cuatro horas”. A las cuatro horas volvió Jack. Le informa el médico: “Su amigo murió”. “Entiendo, doctor –responde con tristeza Jack. Reimplantar una cabeza debe ser mucho más difícil”. “El reimplante fue un éxito –replica el cirujano -. Pero como usted metió la cabeza de su amigo en una bolsa de plástico, su amigo se asfixió”.
A la hora de la comida, juntos el papá, la mamá y el niño, le dice el chiquillo muy serio a la señora: “Mami, necesito que me aclares una cosa. La nueva niñera, ¿la contrataste para mí o para mi papá?”. “¿Por qué preguntas eso?” -le dice con extrañeza la señora. Explica el niño: “Es que mi papá juega con ella más que yo”.
El señor llega a su casa, sube a la recamara y abre el closet para guardar la gorra de golfista que llevaba. Ahí, en el closet, estaba su mejor amigo. “¡Filidardo! –le dice el marido a su amigo anta la angustia de su esposa -. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Olvidaste que teníamos una cita para ir a jugar golf?”
En la oficina el orgulloso padre presumía de los avances de su primogénito. “Mi hijito –decía -, tiene apenas ocho meses y ya me dice: “papá”. “Anda –le dice uno de sus compañeros dándole unas palmaditas en la espalda -. No hagas caso. ¡Las criaturas qué saben!”.
Aquel señor acompañó a su mujer a comprar ropa, para ella, por supuesto. Visitaron varias tiendas. En cada una de ellas, la señora se probaba vestidos y más vestidos sin encontrar uno a su gusto. En una de tantas tiendas y después de algunas horas, ya enfadado, el señor le pregunta mientras ella le escuchaba desde el probador: “¿Ya sabes qué escoger?”. “¡Uh! -¡Desde antes de casarme contigo!”.
La señora de la alta sociedad les cuenta a sus amigas: “Para cazar al ciervo, mi marido imita el bramido de la cierva en celo y cuando el macho se acerca, dispara”. “¿Cuántos ciervos ha cazado así?” –pregunta una señora. “Ninguno, -responde la encopetada señora -, y creo que desistirá de hacerlo porque ya van ocho ciervos que abusan de él”.
El sujeto ruin y desconsiderado estaba en su casa cuando sonó el teléfono. Descolgó el tipo la bocina y ni siquiera alcanzó a contestar cuando escuchó una voz de hombre: “Vieja: hoy llegaré tarde, de modo que no me esperes”. Evidentemente aquella era una llamada equivocada. Entonces contesta el que recibió la llamada: “no te preocupes, amigo. Ven a la hora que quieras, que aquí tu mujer y yo la estamos pasando muy bien”. Y tras decir esto colgó al tiempo que soltaba una siniestra carcajada.
El siquiatra había agotado todos los recursos de su ciencia y no había podido quitarle a aquel pobre individuo la idea de que era don Benito Juárez. Por fin, como última opción, se le ocurrió una idea. Oyó decir que en el manicomio de la ciudad había otro loco que también se creía don Benito Juárez. Llevó a su paciente al manicomio e hizo que lo encerraran un día y una noche con el orate aquél. A la mañana siguiente fue a buscarlo. “Doctor –le dice el paciente muy serio. He salido de mi error. Durante mucho tiempo creí que yo era don Benito Juárez, pero después de pasar la noche con ese hombre veo que estaba equivocado. No soy Benito Juárez”. “¡Magnífico! –se alegra el siquiatra-. Dígame entonces, ¿quién es usted?”. El otro entorna los ojos y responde: “Soy Margarita Maza de Juárez, para servirle”.
La astróloga le pregunta a la muchacha: “¿Bajo qué signo hiciste el amor la primera vez?”. Contesta ella: “Bajo uno que decía: “No pise el césped””.
Llega un paciente muy preocupado con el doctor y le dice: “Doctor, hace dos semanas que no como ni duermo. ¿Qué tengo?”
Responde el doctor: ¡Hambre y sueño!
El niño le pregunta a su mamá:
-“Mamá, ¿las pasan vuelan?”
-“No, ¿Por qué? –le responde la madre.
-¡Entonces me comí una mosca!
En la escuela, Pepito le pregunta a uno de sus compañeritos:
-“¿Sabes por qué los elefantes no usan computadoras?”
-“No sé, Pepito”. –responde el niño.
-“Pues porque le tienen miedo al mouse”.
Un hombre llega a la ventanilla del banco y empieza a buscar torpemente dentro de una bolsa. El cajero se impacienta y le dice:
-Decídase, señor: ¿quiere hacer un depósito o un retiro?
-quiero hacer un retiro, ¡pero tengo mil cosas en la bolsa y no encuentro la pistola!
Un fabricante de muebles viaja a Suecia a comprar madera para su negocio. Cierta noche le dan ganas de tomarse un trago y entra en un bar. Allí se encuentra a una hermosa rubia. Sin pensarlo dos veces se le acerca, pero como ninguno habla el idioma del otro, se ponen a hacer dibujos en un papel para darse a entender. El dueño de la fábrica dibuja un vaso con licor y hielos . Ella acepta y se toman una copa. Como la música es propicia para bailar, el hombre dibuja una pareja en la pista. La rubia vuelve a aceptar y bailan un rato. De regreso en la barra, la mujer dibuja un armario, unos burós y una cama. Al hombre se le ilumina el rostro.
-¡Sí. Sí! –exclama-. ¡Acertaste! ¡Soy fabricante de muebles!
Platican dos amigos:
-Mi esposa manejaba muy imprudentemente, pero por fin me las ingenié para que dejara ese hábito.
-¿Ah, sí? ¿Cómo le hiciste?
-Fácil: le advertí que si chocaba, su edad saldría publicada en todos los periódicos.
El ladrón se mete a un departamento, pero en eso llegan los dueños y lo encuentran robando.
-como ya me vieron -, dice el ladrón -, tendré que eliminarlos, pero antes quiero saber sus nombres.
La señora de la casa es la primera que habla:
-Yo me llamo Isabel.
-a usted no puedo matarla porque así se llama mi mamá –señala el ladrón.
Luego le toca hablar al esposo:
-Yo me llamo Juan, pero mis amigos me dicen Isabel.
Un hombre se da cuenta de que su compañero de oficina, que parece muy conservador, lleva puesto un arete.
-¡Vaya! No sabía que te gustaba esa moda –le comenta.
-No es la gran cosa –responde el otro. Es un simple arete.
-¿Y desde cuándo lo usas?
-Desde que mi esposa lo encontró en el asiento de mi auto la semana pasada.
En el funeral del inventor del limpiaparabrisas, Robert Kearns, todos tenían los ojos llenos de lágrimas. Luego, ya no. Luego otra vez, luego, ya no...
Una mujer ve un niño y le da una naranja. La madre del pequeño, al notar que este toma la fruta y se queda callado, lo reprende:
-¿Cómo se dice?
El niño mira a la mujer, extiende el brazo hacia ella y le dice: ¡Pélela!
Dos niños abren la puerta y entran sigilosamente al salón de clases. La maestra le dice a uno de ellos:
-Jovencito, ¿Por qué llegas tan tarde?
-¡Ay, maestra! La verdad es que soñé que viajaba en avión por todo el mundo y que conocía muchos países, y me desperté un poco tarde.
-¿Y tú? –le pregunta la otro chico.
-¡Yo fui a recibirlo al aeropuerto, maestra!
¿Porqué cruzó el gallo la carretera?
Para probar que no era un gallina.
martes 16 de septiembre de 2008
Sonó el teléfono y la señorita solterona, un tanto ya madura, levantó la bocina. Se oye la voz de un hombre: "Mi vida: prepárate, por favor, pues iré por ti para disfrutar una cena con champagne. Bailaremos hasta el amanecer, y luego iremos a tu casa y haremos el amor frente a la chimenea encendida". La señorita solterona dice desconcertada: "No tengo chimenea en mi casa". El que llamaba, igualmente confuso, le pregunta: "Perdón, ¿a dónde llamo?". " A casa de la señorita Camafría" - responde ella. "Caramba -se apena el hombre-. Me equivoqué de número. Perdone usted". Entonces la señorita solterona, acongojada, pregunta: " Eso quiere decir... ¿que ya no va a venir?".
El señor se salió del trabajo antes de tiempo debido a que se sentía algo mal. Fue a su casa, e iba ya a meterse a la cama cuando alguien llamó a la puerta. Se asoma el señor por la ventana y ve a un tipo. "¡Qué lata!"- le dice a su señora muy molesto-. Es el vendedor ése tan necio. Dile que no estoy". La señora nerviosamente fue a cumplir la orden. El señor entonces fue al closet para sacar su pijama y al abrirlo ¡oh, sorpresa! estaba un individuo. Antes de que el señor pueda articular palabra, le dice el tipo: " Qué vendedor tan terco ese, ¿verdad? Tampoco yo hallo ya dónde esconderme de él..."